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Tradicionalmente las brujas han sido vistas como servidoras del lado oscuro, como personas dedicadas a cultos tenebrosos y conocedoras de extrañas pócimas. Se las ha descrito como personas practicantes de brujería, lo que no deja de ser cierto de algún modo; pero tales calificativos se les han aplicado muy a la ligera.

Si nos preguntáramos ¿qué es una bruja? Muy pocos lo tendrían claro. Unos dirían que tal cosa, y otros que tal otra sin llegar a ninguna conclusión. Tampoco hay acuerdo entre el alcance de sus poderes, ni consenso sobre sus prácticas, como tampoco una norma sobre quienes pueden serlo y quienes no, a qué se le puede llamar bruja y a qué no.

¿A qué se debe tanta confusión? En su mayor parte a la poca disposición de la gente a diferenciar entre unos y otros. Hasta tiempos recientes, la brujería era condenada por la Iglesia y las personas practicantes de cualquier tipo de magia eran discriminadas por sus vecinos sin que a éstos les importara lo más mínimo el bien o el mal que les hubiera procurado.

Se aplicó el calificativo de bruja especialmente desde el Renacimiento, con el nacimiento de la Inquisición Española Moderna en 1488 y sobretodo desde tiempos de Felipe II a mediados del s. XVI cuando la caza y persecución de brujas se hizo especialmente intensa; prolongándose hasta bien entrado el siglo XVII.

Esto nos devuelve a nuestra pregunta original ¿Qué es una bruja? Una bruja es aquella persona nacida con unas dotes especiales, y que además se ha dedicado al aprendizaje y la práctica de la brujería. Pero ¿acaso todas las personas dotadas se han dedicado a eso? No. No todas. Muchas otras han bebido de la tradición familiar y popular, y han alcanzado auténticos grados de conocimiento sin entrar en la brujería; son las que llamamos magas, sabias, hechiceras, etc.

Esas personas, comúnmente tachadas de brujas, nada tuvieron que ver con la brujería. Se dedicaron solamente a procurar el bien de sus vecinos y todo el que acudía a ellas; lo que no impidió que su final fuera, en muchas ocasiones, trágico.

Sea como sea, el apelativo de bruja es el que más ha predominado tanto para bien como para mal. Y por este nombre seguimos conociendo a las personas dedicadas a estos menesteres; por ello es que llamamos también brujas a la gran cantidad de representaciones típicas en figuras o imágenes de las mismas.

Si queremos atraer la buena energía de estas “brujas” una forma ideal de hacerlo es teniendo en nuestras casas figuritas de brujas; a ser posible con las caras más “feas” que podamos encontrar. Pues, contrariamente a lo que muchos puedan pensar, esas brujas, o sabias, van a ayudarnos a alejar las malas energías, nos van a transmitir su sabiduría, nos van a ayudar a evolucionar y a adquirir habilidades si las queremos desarrollar.

Tengamos algunas brujas en nuestra casa y van a ayudarnos en todo lo que puedan, pues son en verdad símbolo e imagen de bien. No le demos cabida a lo malo, y despertemos el lado bueno de todas aquellas personas que se dedicaron a hacerlo en su tiempo, y que fueron injustamente tratadas.

Todos tenemos algo de brujos o brujas así que, despertémoslo de esta bella forma; que además va a darle un toque hogareño y acogedor a nuestro hogar.

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